Casi siempre, cuando los seres humanos abordamos la espiritualidad lo hacemos desde la creencia que ella tiene que ver con nuestra religiosidad. Sin embargo, no obstante el camino que elijamos para expresar nuestra espiritualidad, ella tiene más que ver con el sentido de propósito que coloquemos en aquellas cosas que pensamos, decimos, sentimos y hacemos.
La espiritualidad le hace sentido a nuestro existir. Le da ese sabor trascendente a nuestra existencia, colocándonos en el plano de todas las posibilidades. No se trata pues de “dogmas” y “rituales”, de creencias excluyentes y discriminatorias donde la verdad es propiedad de alguien o de algo.
La espiritualidad es la expresión perfecta de la Fe. De eso en lo que creemos aun sin verlo, de lo que sentimos sin necesidad de explicar, de lo que hacemos en la certeza de nuestra trascendencia. La espiritualidad es la capacidad que tenemos de ser “uno” con el universo: sincrónicos dentro de la potencialidad pura.
Actuando por medio del intercambio dinámico de dar y recibir. Dejando que cada acción genere un flujo de energía que regrese a nosotros de igual manera, cosechando lo que sembramos. Como dice Lao-Tse: “Un ser integral, conoce sin viajar, ve sin mirar y realiza sin hacer”.
Así, cuando introducimos una intención en el suelo fértil de la espiritualidad, que no es más que el espacio de la conciencia pura, ponemos a trabajar para nosotros ese infinito poder organizador, que en la incertidumbre nos libera del pasado, de lo conocido que nos aprisiona, dándonos la creatividad necesaria para avanzar.
Y… en ese andar sereno encontramos nuestro propósito que combinado con el deseo genuino de servir a los otros nos permite experimentar jubilosos nuestro espíritu, que es finalmente la última meta de todas las metas.
Con Amor.
Cómo vivir espiritualmente con un sentido de propósito
Casi siempre, cuando los seres humanos abordamos la espiritualidad lo hacemos desde la creencia que ella tiene que ver con nuestra religiosidad. Sin embargo, no obstante el camino que elijamos para expresar nuestra espiritualidad, ella tiene más que ver con el sentido de propósito que coloquemos en aquellas cosas que pensamos, decimos, sentimos y hacemos.
La espiritualidad le hace sentido a nuestro existir. Le da ese sabor trascendente a nuestra existencia, colocándonos en el plano de todas las posibilidades. No se trata pues de “dogmas” y “rituales”, de creencias excluyentes y discriminatorias donde la verdad es propiedad de alguien o de algo.
La espiritualidad es la expresión perfecta de la Fe. De eso en lo que creemos aun sin verlo, de lo que sentimos sin necesidad de explicar, de lo que hacemos en la certeza de nuestra trascendencia. La espiritualidad es la capacidad que tenemos de ser “uno” con el universo: sincrónicos dentro de la potencialidad pura.
Actuando por medio del intercambio dinámico de dar y recibir. Dejando que cada acción genere un flujo de energía que regrese a nosotros de igual manera, cosechando lo que sembramos. Como dice Lao-Tse: “Un ser integral, conoce sin viajar, ve sin mirar y realiza sin hacer”.
Así, cuando introducimos una intención en el suelo fértil de la espiritualidad, que no es más que el espacio de la conciencia pura, ponemos a trabajar para nosotros ese infinito poder organizador, que en la incertidumbre nos libera del pasado, de lo conocido que nos aprisiona, dándonos la creatividad necesaria para avanzar.
Y… en ese andar sereno encontramos nuestro propósito que combinado con el deseo genuino de servir a los otros nos permite experimentar jubilosos nuestro espíritu, que es finalmente la última meta de todas las metas.
Con Amor.
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