Vivimos en una época muy inquietante donde la ciencia nos está apoyando en entender cómo funcionamos los seres humanos y, al mismo tiempo, estamos iniciando un darnos cuenta de que el ser humano es una extraordinaria sinfonía. Hay genialidad dentro de cada uno de nosotros, esta genialidad es la felicidad interior que se expresa desde nuestro cuerpo y que refleja la sabiduría del universo.
He trabajado sin medida durante muchos años, a veces estaba muy cansado y estresado, pero aún así seguía trabajando como loco intentando ganar mucho dinero y gastando más de lo que ganaba, para comprar cosas que en realidad no necesitaba, para impresionar a personas que en el fondo no me importaban.
Me di cuenta entonces de que me estaba convirtiendo en una persona soberbia que creía que lo sabía todo y lo que sentí en el proceso es que había perdido mi propia alma. Inquieto comencé a buscar respuestas a preguntas que sólo los humanos nos planteamos:
¿Tengo alma?
¿De dónde vengo?
¿Cuál es el significado y propósito de mi existencia?
Entendí también que otros habían escrito un libreto para yo vivir la vida que ellos querían que yo viviera y que de no hacerlo sería juzgado y aislado de lo que consideraba mi hogar.
Creía desde ese libreto que debía nacer en la mejor familia posible, para poder estudiar en el mejor colegio posible, para poder ir a la mejor universidad posible a estudiar la mejor profesión posible, para poder conseguir el mejor trabajo posible, en la mejor empresa posible y desde allí ser el mejor partido posible para la mejor mujer posible y así hacer la mejor familia posible, para poder vivir de la mejor manera posible y envejecer de la mejor manera posible, para morir de la mejor forma posible.
Hacerlo me dio un buen trabajo, una buena familia, buen dinero, pero mucha, mucha infelicidad; entendí entonces también que las respuestas acerca de mis cuestiones no estaban en ese libreto, ni tampoco en la pelea con él. Comprendí una cosa simple, la felicidad como Dios siempre ha estado allí en mi alma, sólo que no la reconocía, había tanto ruido mental y tanto ruido emocional que no me daba cuenta de que había sido yo mismo quien había decidido desconectarme de lo que es esencial, de lo que es elevado.
Cerré mis ojos entonces y probé evocar mi estado emocional cuando me sentía en conexión con lo que era elevado y volví a experimentar la paz, la serenidad, el amor, la felicidad.
Entonces, sentí una presencia allí, sentí una conciencia y me reencontré con mi alma, entendí también que esa presencia siempre ha estado conmigo desde que era bebé, cuando fui adolescente, cuando llegue a adulto y está aquí ahora, entonces comprendí que todo sucede en esta presencia.
Los pensamientos van y vienen, son ruido mental; las emociones van y vienen, son ruido emocional; y las moléculas van y vienen, son el ruido de nuestro cuerpo; aún así todo va y viene en esa presencia a la que llamo alma.
Es demasiado arrogante creer que somos dueños del amor, es el amor el que nos contiene y en este amor el estado de felicidad se expresa en una maravillosa sensación de bienestar. Tú y yo sabemos que estar en bienestar o en malestar es una decisión personal. Sólo yo decido estar en bienestar y sólo yo decido estar en malestar.
Surge entonces el “kwam”, presencia interior que atestigua la existencia de nuestra alma. He comprendido que ser feliz es una decisión para que ese “kwam” simplemente se exprese con todo su amor, en conexión con Dios.
Ser feliz es la decisión que tomamos cada día de estar en bienestar, construyendo nuestro propio libreto, sin culpa, sin juicio, sólo con la certeza de mi propia conexión.
¡Sé feliz ahora porque quizás mañana sea tarde!
Que hoy sea el mejor día de tu vida.
ALBERTO PIEROTTI.
Felicidad: una decisión que tomo cada día
Vivimos en una época muy inquietante donde la ciencia nos está apoyando en entender cómo funcionamos los seres humanos y, al mismo tiempo, estamos iniciando un darnos cuenta de que el ser humano es una extraordinaria sinfonía. Hay genialidad dentro de cada uno de nosotros, esta genialidad es la felicidad interior que se expresa desde nuestro cuerpo y que refleja la sabiduría del universo.
He trabajado sin medida durante muchos años, a veces estaba muy cansado y estresado, pero aún así seguía trabajando como loco intentando ganar mucho dinero y gastando más de lo que ganaba, para comprar cosas que en realidad no necesitaba, para impresionar a personas que en el fondo no me importaban.
Me di cuenta entonces de que me estaba convirtiendo en una persona soberbia que creía que lo sabía todo y lo que sentí en el proceso es que había perdido mi propia alma. Inquieto comencé a buscar respuestas a preguntas que sólo los humanos nos planteamos:
¿Tengo alma?
¿De dónde vengo?
¿Cuál es el significado y propósito de mi existencia?
Entendí también que otros habían escrito un libreto para yo vivir la vida que ellos querían que yo viviera y que de no hacerlo sería juzgado y aislado de lo que consideraba mi hogar.
Creía desde ese libreto que debía nacer en la mejor familia posible, para poder estudiar en el mejor colegio posible, para poder ir a la mejor universidad posible a estudiar la mejor profesión posible, para poder conseguir el mejor trabajo posible, en la mejor empresa posible y desde allí ser el mejor partido posible para la mejor mujer posible y así hacer la mejor familia posible, para poder vivir de la mejor manera posible y envejecer de la mejor manera posible, para morir de la mejor forma posible.
Hacerlo me dio un buen trabajo, una buena familia, buen dinero, pero mucha, mucha infelicidad; entendí entonces también que las respuestas acerca de mis cuestiones no estaban en ese libreto, ni tampoco en la pelea con él. Comprendí una cosa simple, la felicidad como Dios siempre ha estado allí en mi alma, sólo que no la reconocía, había tanto ruido mental y tanto ruido emocional que no me daba cuenta de que había sido yo mismo quien había decidido desconectarme de lo que es esencial, de lo que es elevado.
Cerré mis ojos entonces y probé evocar mi estado emocional cuando me sentía en conexión con lo que era elevado y volví a experimentar la paz, la serenidad, el amor, la felicidad.
Entonces, sentí una presencia allí, sentí una conciencia y me reencontré con mi alma, entendí también que esa presencia siempre ha estado conmigo desde que era bebé, cuando fui adolescente, cuando llegue a adulto y está aquí ahora, entonces comprendí que todo sucede en esta presencia.
Los pensamientos van y vienen, son ruido mental; las emociones van y vienen, son ruido emocional; y las moléculas van y vienen, son el ruido de nuestro cuerpo; aún así todo va y viene en esa presencia a la que llamo alma.
Es demasiado arrogante creer que somos dueños del amor, es el amor el que nos contiene y en este amor el estado de felicidad se expresa en una maravillosa sensación de bienestar. Tú y yo sabemos que estar en bienestar o en malestar es una decisión personal. Sólo yo decido estar en bienestar y sólo yo decido estar en malestar.
Surge entonces el “kwam”, presencia interior que atestigua la existencia de nuestra alma. He comprendido que ser feliz es una decisión para que ese “kwam” simplemente se exprese con todo su amor, en conexión con Dios.
Ser feliz es la decisión que tomamos cada día de estar en bienestar, construyendo nuestro propio libreto, sin culpa, sin juicio, sólo con la certeza de mi propia conexión.
¡Sé feliz ahora porque quizás mañana sea tarde!
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